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El escepticismo radical a menudo no es más que pereza, orgullo o desidia. La emancipación crítica, por el contrario, es activa, generosa y nada solitaria. Se persigue de forma más efectiva, aunque nunca se sabe en qué grado se consigue, combinando la reflexión permanente con tareas que son mucho más físicas, sensoriales e interactivas que la simple lectura y escritura. Además, la emancipación crítica requiere que cuestionemos las convenciones de nuestra propia cultura, esos lugares comunes como la idea de “progreso”, la “historia”, las “naciones” e incluso el mismo concepto de “emancipación crítica”. Solo así podremos cuestionar las estructuras de control invisibles, las que naturalizan las jerarquías personales de todo tipo establecidas por otros a lo largo de los años. Solo así podremos alcanzar la libertad, esa sensación de felicidad, espacio y esperanza que nos inunda cuando descubrimos terrenos inexplorados. Solo así se puede aspirar a un mundo mucho mejor donde todos podamos vivir en paz y armonía.

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